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mariarodriguez

carta para concurso

“Pablo,

 

te juro que si supiera lo haría, pero nadie inventó aún ni el perfume ni el color de las palabras que puedan describir lo que me haces sentir cada día de mi vida...
 
¡Qué hermoso soñarte tanto y tan bonito...!

 

¡Qué grande compartir tus risas y conocer tus sabores...!

 

El amor está lleno de las pequeñas cosas que compartimos y de los sueños que esperamos ver cumplidos. Y este amor es tan grande, el que sentimos, que caben cada una de las cosas que les sobran a los otros que tuvimos.

 

No sé hacer otra cosa que dar las gracias, cada día, en cada momento, porque existas para mí, al otro lado, por tener la dicha de disfrutarte. GRACIAS.

 

Me bastan los silencios que me regalas, las ausencias inevitables.

 

Ahora todo depende de lo que yo haga con lo que me resta de vida. Pero es fácil, porque elegí regalarte mi espera, soñar despacito a tu lado, tomarte la mano para hacer juntos el resto del camino, del mejor modo que sepamos hacerlo, restándole importancia a las piedras y sumando horizontes distintos en cada tropiezo.
 
¡Ojalá la envergadura de los problemas que afrontemos juntos no sea más grande que la voluntad inmensa, la paciencia sin límite y el espíritu de sacrificio!

 

Los nuestros son mundos de nostalgias distintas, donde el aire es ardiente y el resto no pueden entendernos. Y no elegimos porque sí este modo de vivir, sino que lo llevábamos impreso en el alma y sólo lo supimos al mirarnos a los ojos en Ezeiza, donde ambos entendimos sin darnos cuenta que este amor era distinto.

 

Por mi no te preocupes, sobreviviré intacta al desgaste de un destino incierto que asumo sin reservas, porque elegí este sendero para quererte siempre, incluso cuando me fallen las fuerzas. Y es que sé, que al pasar de los años, cada vez que me mires se me removerán muchas cosas por dentro, como aquel 21 de septiembre en que me juré quererte siempre.

 

No hay desmesura en mis sueños. No hay nada que no podamos convertir en realidad, aunque ahora no hallemos el modo de hacerlo.

 

Y no sé por qué te quiero, y si lo supiera no querría escribirlo por miedo a perderlo en el hilo de las frases que tejemos.

 

Me gustas. Mucho. Me gusta el sonido de tu risa, el brillo de tus ojos, tu forma de quererme, tus ganas de enseñarme, el modo en que me haces tuya, el silencio de tus caricias, la ternura de besos, las carencias de prisas al hablarme, los abrazos tibios, los sueños en voz baja, la chispa con que todo se convierte en hermoso al cantar de tus labios y esas ganas de decirme un “tequiero” a cada rato... Me gustas. Y mucho.

 

Aprenderemos juntos a sobrevivir a los inconvenientes y ayudaremos al otro cuando le falten las fuerzas para seguir apostando por esto que es sólo nuestro.
 
La historia de la humanidad está plagada de grandes historias de amor, de sufrimientos terribles que se vieron recompensados. La nuestra tiene el comienzo de un libro, la continuación de una película y el final feliz de las mejores cosas. Y es que sabe a chocolate y a esperanza.

 

¡Qué bonito me sabe quererte!

 

Me gusta la libertad que me otorgas y las cadenas que a ti me tienen atada están tejidas de las plumas de las alas de la libertad. Pero me atormenta una pregunta: ¿merece la pena la felicidad que me provocas si al final el abandono me cubrirá el alma con heridas de las que siempre sangran?

 

Jamás te pediría nada. Jamás lo haré. Me gusta que estés al otro lado porque es algo que eliges tu. Y me gusta saber que me buscas, que me esperas y que sonríes por mí.

 

Sin embargo yo te buscaré, como cada día, para que me sonría el corazón en cada frase...

 

 

Alguien me dijo una vez que algún día aparecería un caballero, que sin ni siquiera mirarme, me eligiría para quererme. Bien sea como amigo, o como algo distinto, sé que quiero entregarte todo lo que sé dar: una lealtad furiosa y todo mi cariño, porque no sé querer de otra manera.

 

A veces también me dan miedo las cosas que no me dices. Pero respeto tus silencios con la misma cordura con la que trato de encajar tus palabras de amor y ternura.”

 

Hace apenas dos años te escribía esta carta de amor sincero, pero... ¿quién dice que es vida andar por el mundo con el corazón acuchillado?
 
Aprendí que el destino suele preparar emboscadas. Uno puede ir hacia un lugar seguro, pero de pronto, algo nos empuja a cambiar de dirección.

 

Quería con vos un amor de caricias y miradas, ausente de palabras. Sólo tenía que reacomodar horarios, suspender actividades y pasar más tiempo fuera de casa... pero me agarró el miedo y a vos nunca te alcanzó el amor lo suficiente para querer que yo cambiara mi mundo... a veces, el amor se interrumpe cuando uno menos lo espera.
 
Los desgastes del amor se parecen a la vida: agujeros, cierre gastado, recuerdos sueltos, lugares vacíos...
 
Pero el dolor de la pérdida, que durante estos dos años anidó en el corazón no ha dejado que el olvido o la injusticia desdibujaran tu memoria. Un día te vendí mi alma y aún hoy, entregada a los abrazos de otro sé que ni quiero ni voy a recuperarla.

 

 

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